
Por: Omar Jiménez
Qué mal negocio hizo Rodrigo Lara Restrepo, cambió su identidad política por un puesto que apenas le duró dos meses y terminó entregando una de las pocas cosas que todavía podía defender, la posibilidad de construir un proyecto propio. Se arrimó a una extrema derecha que nunca terminó de confiar en él y acabó despedido en medio de una derrota aunque él la quiera presentar como una victoria.
Lara terminó sin conseguir un logro político que justificara su permanencia y con una sucesión de episodios que exhibieron su incompetencia.
Primero perdió la apuesta por Alfredo Deluque en la Presidencia del Senado, después tuvo que lidiar con la salida del director de Bomberos y con el contrato de Altus Baquero que la Casa de Nariño ordenó reversar. Finalmente, el proyecto de presupuesto para el 2027 quedó atrapado en un error de trámite que impidió culminar su aprobación regular en el Congreso y tuvo que aprobarse por decretazo.
Y aquí hay que ser precisos en algo, Lara estaba para conseguir resultados, anticipar conflictos y evitar que las diferencias entre el Gobierno y el Congreso terminarán convertidas en crisis y en ese examen, Lara salió mal librado.
Entonces, ¿para qué se vendió, para qué dilapidar su nombre? Lara cambió su identidad política por un cargo y ni siquiera consiguió que el cargo valiera la pena. La política admite alianzas difíciles, cambios de partido y acuerdos entre contradictores; lo que no perdona con facilidad es la combinación de oportunismo y falta de resultados. Lara todavía podrá hacer política, por supuesto, pero tendrá que explicar por qué quienes confiaron en él deberían volver a hacerlo.
Ahora lo peor para el país, aparece Alejandro Ordóñez, El inquisidor. El hombre que participó en una quema de libros en Bucaramanga en 1978 y que años después llegó a defender aquel episodio como un acto pedagógico. No es una caricatura inventada por uno, es un antecedente de su propia trayectoria.
Que semejante troglodita llegue al Ministerio del Interior debería preocuparnos a todos. Esta cartera no es una tribuna para librar cruzadas morales, es el despacho responsable de buena parte de la interlocución con los partidos, las relaciones políticas con el Congreso, la coordinación territorial y asuntos fundamentales para la convivencia democrática.
Ordóñez representa una derecha confesional, rígida y profundamente conservadora, cuyas posiciones frente al aborto, la eutanasia y los derechos de las parejas del mismo sexo han marcado su trayectoria pública. Sus convicciones son legítimas dentro del debate democrático; otra cosa es convertir el poder del Estado en instrumento para imponerlas a toda la sociedad.
Y aquí es donde el nombramiento deja de ser un simple relevo ministerial para convertirse en una señal política. Porque no creo que Abelardo de la Espriella crea que Ordóñez es el hombre indicado para recomponer las relaciones con el Congreso, más bien entiende que su radicalismo puede resultar más rentable en el escenario público del show, la polarización y de sus posturas radicales, en vez de su capacidad para negociar acuerdos.
No tengo cómo conocer la intención íntima del presidente, pero el resultado es evidente, el Gobierno pone en primera línea a un personaje que despierta adhesiones y rechazos inmediatos, garantiza titulares y desplaza la discusión hacia las guerras culturales.
Es la política del espectáculo en su versión más reconocible, mientras la ciudadanía discute al inquisidor, el Gobierno gana tiempo para intentar recuperar el control de una agenda que empieza a llenarse de tropiezos. Ordóñez puede convertirse en el protagonista ideal de esa estrategia, cada declaración suya puede alimentar una controversia y cada controversia puede servir para dividir el debate entre quienes lo celebran y quienes lo rechazan.
La experiencia de Ordóñez en la Procuraduría y en la diplomacia no demuestra, por sí misma, que tenga la destreza política necesaria para sacar adelante la agenda legislativa de un Gobierno con dificultades para consolidar apoyos y si el Gobierno no consigue resultados, la inconformidad puede crecer y llegar a las calles. La estrategia no puede consistir en fabricar nuevas batallas ideológicas para distraer la atención.
A quienes celebraron el hundimiento del presupuesto como una supuesta jugada maestra de Abelardo habría que recordarles que confundir un accidente con una estrategia no convierte el fracaso en inteligencia política. Un Gobierno que no logra culminar correctamente un trámite de semejante importancia no está demostrando astucia; está exhibiendo una falla de coordinación que debe explicar y corregir.
El relevo de Lara tampoco resuelve esa falla. Cambia el rostro, endurece el discurso y eleva la temperatura política, falta saber si mejora la capacidad de gobernar.
Porque los libros pueden quemarse en una hoguera y los ministros pueden salir por la puerta de atrás, pero gobernar no consiste en producir titulares, fabricar enemigos ni mantener al país entretenido en una pelea permanente, consiste en resolver problemas. Y hasta ahora, este Gobierno parece más hábil para montar el espectáculos que para responder por sus resultados.







