
Por: Omar Jiménez
Nos vendieron la idea de un nuevo milagro colombiano. Y habrá que concederles algo, el milagro será tener el país en pie dentro de cuatro años. Porque el país crece. Crece la inflación, crece el desempleo, crece la tasa de interés del Banco de la República, crece el dólar y crece la posibilidad de volver a pedirle plata al Fondo Monetario Internacional.
También crecen los gritos, la rabia, la teatralidad guerrerista y los likes del presidente.
Crece la lista de enemigos y, al parecer, disminuye la tolerancia a las preguntas incómodas.
La inflación llegó al 6,24 %; el desempleo, al 9,4 %; la tasa de interés, al 12,25 %. El dólar pasó de $3.157 el 7 de agosto a $3.307 el 2 de octubre.
Y ahora Hacienda vuelve a conversar con el FMI. Después de tantos discursos contra el Fondo, toca sentarse con él. La política tiene esas ironías, a veces termina buscando afuera las soluciones que prometió encontrar adentro.
Crece la presión sobre la prensa. La FLIP ha advertido sobre restricciones al relacionamiento de funcionarios con medios y sobre actuaciones del Gobierno frente a periodistas y medios críticos.
Cuando preguntar empieza a incomodar, siempre es más fácil discutir con quien pregunta que responderle.
Pero no todo crece, también hay cosas que bajan.
Baja el presupuesto del deporte y la cultura, también baja la protección de las tierras destinadas a producir alimentos. El Gobierno ya derogó las APPA en ocho municipios del sur de La Guajira y anunció que seguirá con Antioquia, Santander, Tolima y Cundinamarca.
Baja el presupuesto de la JEP. El recorte llegó a $170.000 millones.
Y baja el espacio de las víctimas en una conversación política cada vez más ocupada en la pelea del día.
Se puede discutir la JEP. Sus decisiones, sus resultados, sus costos. Lo que merece una discusión mucho más seria es que, después de décadas de conflicto, la memoria de las víctimas termine convertida en una cifra disponible para recortar.
Crece el culto al presidente. Baja la discusión sobre resultados.
Crece la confrontación. Baja el diálogo. Crece la propaganda.
Baja la paciencia con la verdad cuando la verdad incomoda.
El país puede crecer en inflación, en desempleo, en intereses, en deuda y en seguidores. Pero crecer no es necesariamente avanzar. Ahí está la trampa de las palabras bonitas, también se puede crecer hacia el lugar equivocado.
Por eso el asunto no es cuánto crece Colombia en los discursos, sino qué está creciendo en la vida de los colombianos.
Ese debería ser el balance, no los likes, no los gritos, no las peleas, sino los resultados.








