Cortinas de humo

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La tarde se resiste a caer en la ciudad de Medellín, es un miércoles de julio de un 2017 que continúa mostrando una región con sus claro oscuros en materia social y de desarrollo. Ese sol canicular del día, empieza a tornarse rojizo y acompañado de una brisa refrescante, con la que se sintió más relajado Santiago Mosquera, un estudiante de séptimo semestre de ingeniería administrativa en la Universidad U.P.B, y su compañero de estudio y mejor amigo Carlos Guzmán, quien conducía en ese momento un Renault Twingo, que negociaba en esa época con su tío. Los dos jóvenes de 23 y 24 años, se encontraban en ese momento justo detrás de la pista del Aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, donde no solo el viento se expande alegremente a esa hora del día, sino también el agua de las mangueras, que pertenecen a lavadores informales de vehículos asentados en esta zona, y que no decir del humo de cigarrillos de “cripping” que hacen parte del paisaje del sector.

“Hermano, eso lo mejor es no venir mucho por aquí a Barrio Antioquia, porque están haciendo redadas a las casas de vicio y va y cae uno ahí, y no aguanta”, manifestaba Carlos, mientras giraba el vehículo que los conduciría a uno de los conocidos expendios de alucinógenos de esta zona, pues su intención, era comprar por cuatro mil pesos, dos cigarrillos de ““cripping”.
“¿Que necesita mi rey?”, es el saludo de Jimy, uno de los tres jibaros que atienden en la acera de una casa, la misma que utilizan para entrar y salir con sus bolsos cargados de cigarrillos de “cripping”, así como de sobres con gramos de cocaína, que van desde los 6 mil hasta los 100 mil pesos, según su calidad.
“Mijo yo aquí llevo tres años y no me ha pasado nada. He visto pasar a mucha gente, desde políticos, actores, periodistas y modelos por aquí” responde Jimy, ante la pregunta de Santiago de cuánto tiempo llevaba trabajando ahí y mientras les entregaba dos “crespos” llamados así por expendedores y clientes habituales.
“Mi proceso con la marihuana comenzó hace dos años y tres meses con invitaciones a acompañar a fumar, y por la insistencia de amistades a probar, algún día la consumí por primera vez, y de ahí empecé a fumar ocasionalmente, hasta volverme un fumador habitual”. Manifiesta Santiago Mosquera, cuando ya se devolvían del barrio Antioquia, hacia el barrio la Floresta, lugar donde reside hace 15 años, cuando sus padres, ambos profesores de secundaria, se trasladaron de Quibdó a Medellín, en busca de mejores oportunidades.
La de Santiago es una de miles de historias del uso de marihuana en una ciudad como Medellín, la ciudad donde más se consumen drogas en Colombia, con más de 227 mil consumidores, dobla las tasas de ciudades como Bogotá y Cali, según el último Estudio Nacional de Consumo de Sustancias Psicoactivas, paradójicamente realizado en 2013.
Y es cierto, esta población adicta y muchas veces oculta en donde muchos jóvenes y adultos llevan una vida normal como Santiago, ante sus familiares y pareja, ya no es un secreto a voces en estas ciudades colombianas. En el caso de Medellín por ejemplo, el concejal Jesús Aníbal Echeverri, manifestó para esta crónica, que “el problema de plazas y ollas de vicio, se da sobre todo en el centro de la ciudad y a través de los habitantes de calle, los bandidos se escudan para vender y delinquir. Se debe aumentar el número de cámaras, y a la par, hacer un trabajo integral por el habitante de calle”.

Por su parte para el Doctor Hugo Alberto Gallego, médico toxicólogo de la Clínica de las Américas en Medellín, resalta en sus conferencias que promueven el no consumo de sustancias psicoactivas, que se deben desmontar mitos, tales como que “mejora las funciones cerebrales”, “no es cancerígena”, y que “su consumo se puede controlar”, entre otros. Espacios en los que advierte no solo la peligrosidad de creer en estos mitos, sino también la falta de información y campañas.

Lo paradójico del asunto es que en Colombia, el consumo de marihuana en la vía pública y su comercialización están prohibidos. Sin embargo, la posesión de dosis personales de 20 gramos está despenalizada desde 2012.

De la Urbe, periódico de la Universidad de Antioquia, denunció en junio del año pasado que “en el ‘Aeropuerto’ (como llaman a esa zona de la universidad) se puede adquirir todo tipo de drogas. Por su parte, en noviembre del año pasado se detectaron varios inmuebles cercanos a la Universidad de Medellín, en los que se vendía toda clase de drogas, y por otra parte según información de los mismos estudiantes, en la UPB, existe una especie de “aeropuertico”, cerca de las canchas que dan al bloque de Bienestar Universitario.

Una investigación realizada en 13 universidades antioqueñas compilada en el texto Del viaje en U, determinó que de una muestra de 600 estudiantes, solo uno respondió que no había consumido drogas.
De acuerdo con Gloria Castañeda Gómez, coordinadora de la citada investigación, “el consumo en la población de universitarios está muy asociado al establecimiento y mantenimiento de lazos sociales, la diversión, y el consumo para aumentar la creatividad y el rendimiento académico”.
La pregunta de fondo entonces es ¿Cuál es la responsabilidad de las nuevas familias? en su mayoría disfuncionales por numerosas causas en esta vida moderna. ¿Dónde están las campañas fuertes e intensivas por parte de las administraciones municipales de las ciudades colombianas para crear conciencia sobre esta situación?

Muchas son las preguntas, mientras tanto muchos Santiagos siguen haciendo su vida a su manera, muchos otros adquiriendo todo tipo de drogas y esta sociedad de doble moral, sin mirar de frente esta problemática, poniendo cortinas de humo y sin establecer soluciones a futuro. Simultáneamente historias como las de Santiago siguen engrosando las estadísticas en una ciudad, que así no lo queramos sigue siendo destino turístico de drogas y prostitución.

Redacción Am-Pm




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